De pronto me entró la necesidad de aprovechar cada segundo de mi tiempo. Mientras cerraba la puerta y caminaba hacia el ascensor tenía que estar alistando las llaves de la puerta de abajo; mientras el elevador llegaba al segundo piso, tenía que mirar la hora y asegurarme de que fuera la hora real; mientras cierro las puertas del ascensor, presiono con la otra mano el botón del piso 0; mientras bajo, aprovecho el exceso de espejos ahí dentro para peinarme y mirar que no haya nada en donde no deba haber algo; en el departamento no hay espejos donde peinarme. Mientras cierro una de las puertas, con el pie atravezado para que no haga mucho ruido, abro la puerta que da a la calle, alisto mis monedas... y sigo así, hasta que da el momento de sentarme en el bus, sacar el libro y mirar los nombres de las calles de reojo. Ya he hecho el recorrido mentalmente dos veces mirando el mapa. No puedo perderme. No voy a perderme.
Volví a recordar ese sueño de hace muchos años. El de los cigarrillos que olían a rosas. En ese sueño nos encontrábamos muy lejos. Sí, estoy lejos, y esta ciudad huela a tabaco y flores, como en el sueño. Esa fue mi primera impresión. No nos vamos a encontrar. Nunca.
22/10/09
Busetero
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