En ese momento había una reunión a la que yo llegaba temprano. Ella era una muchacha interesante que se encontraba afuera haciendo raspar los lápices de color en el dúrex de una bitácora. Yo recuerdo que el dibujo tenía un buen manejo del color, pero que la verdad no se entendía. No me atreví a decírselo, y ni siquiera preguntarle qué era. Tampoco era el lugar para alabar su buena línea… No, allí no.
Miento, y todo dios sabe que así es, si digo que esta mujer era bonita. Una no muy fina cara cuadrada con una mandíbula pronunciada y una nariz que apenas alcanzaba para sostener unos anteojos de marco grueso, de esos que demuestran que una persona es descuidada con su apariencia y que no le importa que piensen que es una ñoña gafufa: eso era un punto a favor. Su color de piel era oscuro, como si fuera de tierra caliente, aunque eso no se podía intuir en ese momento, sino que lo averiguaría más tarde. Cejas pobladas y caídas… así se les decía en clase de fisionomía a las que están en diagonal con la parte más alta apuntando hacia la frente. Debajo, ojos pequeños y rasgados… y pequeños… ¿ya lo dije? Su pelo (me siento casi amarrado a no querer decir cabello) era, deduciendo fácilmente, lo más bonito de su conjunto… también era un poco gorda y baja, cabe anotar.
リ
ナ
Pude leer su nombre y lo hice en voz alta. Estaba anotado en un pequeño cuaderno, y cuando lo escuchó volteó a mirar entusiasmada. Su apellido no lo entendí aunque estuviera escrito en fácil katakana y tampoco pude hacerlo cuando me lo dijo en español. Hablamos mucho de lo que le gustaba y lo que yo conocía de lo que le gustaba. A decir verdad, creo que estaba solo y ella aparecía como la primera mujer con la que tenía algo de qué hablar en mucho tiempo.
Ella empezó a gustarme, así yo no lo quisiera de esa forma. La última vez que había sentido algo parecido había quedado ya en el pasado, enterrado más de un año antes de eso: Laura era una muchacha del colegio, con la que todas las tardes yo me iba a almorzar y a hacer servicio social. Desapareció y no supe nada más de ella. Cuando volví la estuve buscando, y después de poder dejar mi miedo y timidez a un lado la llame. Su madre me dijo que estaba trabajando, yo le dejé mi nombre y mi teléfono. Ahora dependía de ella pues yo no pensaba volver a llamarla. Han pasado unos meses ya.
Ésta vez era diferente: estaba pasando mucho más tiempo con ella, aunque me demostraba que yo no era su único pretendiente, lo cual nunca ha dejado de sorprenderme. Esta chica tenía un apartamento donde cabía el mío unas 4 veces. Tenía una actitud que no me gustaba: «Se quejaba de todo aunque tuviera un estilo de vida como Carrie, la de Sex and the city»; Mufasa no lo pudo haber dicho mejor, aunque él no hablaba de la misma persona.
Con ella nada pasó de un beso. Cuando lo recibió se sintió rara, y yo también… me dijo que no estaba preparada para algo porque se seguía sintiendo atada a alguien y no se iba a dar esa oportunidad a sí misma hasta que no soltara esa cuerda.
Días después la llamé y me contó que ya estaba decidida: que aquello que la tenía amarrada al pasado ya había sido cortado. Yo salí corriendo por ella, pero al parecer ella no me tenía en sus planes de libertad. La memoria de esta persona me asusta… es como si todo lo que habíamos vivido se le hubiera olvidado, como aquella vez que, cuando acababa la feria me llevó a la parte de atrás de los muros y me dijo que nunca se había divertido tanto con alguien. Allí me tomó por sorpresa y yo me sentí confundido… debí haber aclarado todo allí… no, no debí, las cosas son mejores así.
“Vacío… eso es lo que puedo ver en tus ojos”.
Menos mal me dijo esto, porque o si no, estaría allí todavía arrastrándome. Creo que en realidad lo que ella esperaba era que yo me fuera, y así fue.
Un año después ella ya andaba con alguien y yo también. Me dijo que cuando me vio sus sentimientos se revolvieron y envolvieron en un nudo, pero yo le dije que la verdad eso no importaba. Ahora nos hablamos muy poco, pero lo hacemos, aunque yo la esquive cada vez que me la encuentro.